Somos una comunidad andante de células. Cuando hablamos de vida y envejecimiento, hablamos de la vida y del envejecimiento de las células. Todo empezó con un pacto entre una célula primordial y una mitocondria. La primera se iba a ocupar de la reproducción; la segunda, del suministro de energía. A esta comunidad de vecinos se sumó pronto una espiroqueta, que se desplazaba a velocidades mayores que la velocidad promedio de la célula. En aquellos tiempos primordiales en los que se estaba oxigenando la atmósfera, las células privilegiadas que resistían los efectos letales del oxígeno eran candidatas muy buscadas para formar parte de la comunidad celular. Esas células aportaban algo sustancial a la comunidad de vecinos que, a su vez, las hacía partícipes de sus servicios comunitarios: una mejor membrana o muralla defensiva, más velocidad y más energía.
No estamos programados para morir. La vida no termina porque un gen albergue el secreto para interrumpirla en un momento dado. En realidad no está escrito que debamos morir. La vida es el mantenimiento de un equilibrio entre las agresiones celulares y la capacidad regenerativa de esas mismas células. Cuando las agresiones son superiores a la capacidad regeneradora, se produce el envejecimiento y la muerte. Mientras la capacidad de regenerar los tejidos sea mayor que el impacto de las agresiones medioambientales, la vida continúa.
El escaso papel desempeñado por el cerebro consciente en los procesos celulares no implica que se pueda vivir al margen de ellos. La contaminación atmosférica, la acción del oxígeno o el estrés a través de los flujos hormonales inciden, directamente, sobre las células o los restos de ellas. Las decisiones conscientes, como dejar de fumar o no drogarse, contribuyen a disminuir el número de agresiones; y las acciones tendentes a reforzar los procesos reparadores, como la ingesta de antioxidantes, también modelan la longevidad de las células.
La idea de que existe un límite biológico para la vida es una gran falacia. Es cierto que, a medida que se envejece, se hace difícil sobrevivir mucho más tiempo. Pero –como ha explicado muy bien Tom Kirkwood, gerontólogo de la Universidad de Newcastle– es como el récord mundial de atletismo de mil quinientos metros. Durante mucho tiempor nadie había conseguido recorrer una milla en cuatro minutos y en la década de los cincuenta se consiguió. Pero como los récords son cada vez más ajustados, cada vez resulta más difícil batirlos, lo cual no significa que exista un límite absoluto. De alguna manera, también la ausencia de un límite absoluto en la duración de la vida está relacionada con la ausencia de un programa. A medida que comprendamos el proceso de envejecimiento, llegaremos a la vejez en mejores condiciones que las generaciones anteriores. ¿Y por qué –se preguntarán algunos– aún es tan fácil convencer a las personas de que no hay nada que hacer contra el envejecimiento? Hasta hace poco era correcto que los gerontólogos dijeran que «en el futuro podremos retrasar el envejecimiento, pero no sabemos cuándo ni si sucederá en este siglo». Era correcto decirlo, pero muchos no se han dado cuenta de que ya no es del todo exacto. Lo mismo sucedió con volar. Muchos físicos famosos publicaban artículos científicos en los que demostraban que volar era imposible y siguieron publicándolos, incluso, hasta el momento en que se había demostrado que sí era posible. Ahí tenemos otra prueba de la disparidad en los ritmos del cambio técnico –que es muy rápido– frente al ritmo del cambio cultural –que es muy lento–, aunque a veces no lo parezca.
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